Adaptacion al cambio climático (El Correo)

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Publicado en el diario El Correo el 1 de marzo, 2014

Dos de febrero de 2014. Olas gigantes provocan serios daños en el litoral de nuestro país. En Donostia-San Sebastián las imágenes de las olas avanzando poderosas por la ría hasta la curva de Amara quedan grabadas en la retina de los donostiarra. En un impacto sin precedentes, los cinco primeros puentes que cruzan el Urumea se ven seriamente afectados. El Kursaal, prácticamente engullido por los embates del mar. En el  de Santa Catalina las olas revientan el muro de piedra. En el de María Cristina arrancan la baranda metálica. El puente de Mundaíz acaba con desperfectos en el pretil lateral. En el quinto, el del Lehendakari Jose Antonio Aguirre, situado a un kilómetro y medio de la desembocadura, las olas destrozan las planchas de madera de su superficie. Al día siguiente, el Diario Vasco dedicaba 36 páginas a los efectos de la tormenta bajo un impactante titular: tsunami.

En 1962, el catedrático de historia de la ciencia de Berkeley, Thomas Kuhn, publicaba su influyente libro La estructura de las revoluciones científicas, en el que explicaba el aspecto dinámico y las tensiones que se suscitan en los cambios de lo que denominó el paradigma de la ciencia (presupuestos básicos, conceptos, métodos de investigación). A medida que surgen nuevos problemas, explicó, éstos se interpretan desde ese marco de referencia/ paradigma y así, en el día a día, avanza el conocimiento. Ahora bien, hay un momento en que las anomalías se acumulan y el paradigma que domina en un determinado ámbito de la ciencia comienza a debilitarse. Un nuevo marco de referencia va abriéndose paso, con su lenguaje, métodos y explicaciones. Durante un tiempo ambos paradigmas perviven en una situación inestable. Quienes se han educado en el viejo modelo comprensiblemente se aferran a él – a nadie le gusta reconocer que su conocimiento se ha quedado obsoleto-.

Estos días, con ocasión del tren de tormentas vividas en el Cantábrico hemos tenido ocasión de presenciar esa tensión dialéctica. Algunos meteorólogos de la vieja escuela, la que no ha terminado de aceptar el cambio climático de origen antrópico o lo hace a regañadientes, mostraban su desconcierto ante una situación inédita: seis alertas por tormentas en apenas un mes y medio eran sin duda una gran anomalía. Alguno añadía sin rubor que la ciencia estaba buscando una explicación. Mientras, al otro lado del Atlántico, John Holdren, asesor de Ciencia y Tecnología del presidente Barack Obama presentaba un informe afirmando que la causa de la ola de frío extremo que ha sacudido este invierno buena parte del país –20 muertos y 5000 millones de dólares en pérdidas económicas- se debía al cambio climático, concretamente a la alteración de la importante corriente de aire conocida como chorro polar que a 11.000 metros de altitud conecta las regiones intra-tropicales con las zonas polares. Dado que esa alteración se debe al calentamiento que se está produciendo en el Ártico, Holdren ha avisado a la nación norteamericana que se prepare para una mayor intensidad y frecuencia de eventos climáticos extremos.

De hecho, ya en el año 1982, el conocido climatólogo de la NASA (ahora retirado), James Hansen, presentó las bases científicas del cambio climático ante una comisión del Congreso de los Estados Unidos. Desde entonces, la ciencia ha avanzado de forma sustancial y desde 1990 el Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) le ha dado forma consensuada en sus cinco informes. El  97 por cien de las publicaciones científicas posteriores a 1990 corroboran las bases de la ciencia del clima del IPCC, por lo que  en medios científicos ese debate se considera ya superado. Por tanto, los meteorólogos locales que buscan una explicación científica a las anomalías de estos días harían bien en ponerse al día.La Tierra es el planeta azul. Las tres cuartas partes de su superficie están cubiertas de agua. Por ello, la mayoría de los impactos derivados de la alteración del clima están y estarán relacionados con el agua: sequías, gotas frías, inundaciones, tormentas, huracanes, aumento del nivel del mar, desaparición de glaciares, contracción del hielo Ártico, etcétera. El incremento medio de la temperatura de la atmósfera ha sido hasta el momento de 0,85 Cº y los impactos en el medio físico y natural son ya plenamente visibles. Incluso en un escenario optimista de mitigación de emisiones fruto de un amplio acuerdo internacional, las emisiones ya realizadas conducirán a un incremento añadido de entre 1 y 1,5 Cº. No hace falta decir que las perspectivas para ese acuerdo no son, a día de hoy, muy halagüeñas.

En consecuencia, en los próximos años vamos a conocer también aquí una mayor frecuencia e intensidad de eventos climáticos extremos: sequías en la vertiente mediterránea, gotas frías, inundaciones y, en especial, poderosas tormentas en el litoral. En este último ámbito será necesario invertir en diversas fases, con un horizonte a 2050, cientos de millones en reforzar su protección para evitar daños acumulados de miles de millones. Conviene recordar, en ese sentido, que el coste económico directo de los impactos producidos en el País Vasco por las inundaciones y las tormentas desde 2008 a 2013 ha sido ya de 266 millones, importe asumido por Consorcio de Compensación de Seguros y que, antes o después, finaliza pagando el contribuyente.

A la luz del marco de referencia en el que hemos de entender las recientes tormentas es responsabilidad del lehendakari y del partido de gobierno movilizar y aglutinar al conjunto de las fuerzas políticas del Parlamento para consensuar las bases de una estrategia integral de adaptación y mitigación. La mejor opción con diferencia sería aprobar una ley propia aprovechando el proyecto presentado y consensuado en la anterior legislatura y que no llegó a aprobarse por problemas con el calendario legislativo. Esconder la cabeza bajo la arena no es una opción. Planificar una adaptación inteligente es lo racional y sensato.

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