La crisis climática como problema moral (CLAVES de la razón práctica)

tifon Filipinas 2013

Ensayo publicado por la revista de pensamiento crítico y cultura “CLAVES de razón práctica” en su número de septiembre-octubre 2015.

La reconducción política del cambio climático ha entrado en una nueva fase. Tras dos décadas de desencuentros el acuerdo entre los gobiernos de los Estados Unidos y China a finales de 2014 y la importante posición adoptada por la Unión Europea, han reactivado la política climática internacional ante la decisiva cumbre de París. Incluso el papa Francisco ha irrumpido en la conversación global sobre el tema aportando un documento de hondo contenido social y ecológico.

A la hora de abordar la crisis del clima el texto que aquí se presenta reivindica el legado del proyecto filosófico de la modernidad cuyo programa emancipador, como ha defendido Habermas, no ha finalizado. Una de sus tareas pendientes es, precisamente, activar su espíritu crítico y reflexivo para contribuir a crear los mimbres culturales y políticos que impulsen la necesaria transición de un sistema energético global que ha comenzado a desestabilizar el clima de la Tierra, generando una situación de riesgo para el futuro de la humanidad.

La Tierra, nuestra casa común

El mensaje cultural fraguado en la revolución científica protagonizada por Nicolás Copérnico, Giordano Bruno, Francis Bacon, Galileo Galilei, Johannes Kepler, Isaac Newton y otros, actuó como una poderosa carga de profundidad que contribuyó a socavar los cimientos del Antiguo Régimen. El mundo, dijeron, está organizado según leyes matemáticas que la razón humana puede descubrir y comprender. En consecuencia, las explicaciones metafísicas de antaño perdieron autoridad frente a aquellas que la razón ofrecía con ayuda de la observación de los fenómenos.

La idea de que la naturaleza está organizada según leyes matemáticas que la razón humana puede comprender fue la piedra angular de la ciencia y la filosofía del siglo XVII, la base del cambio a la Era moderna. Esa imagen del mundo fue decisiva para que los pensadores y filósofos de la Ilustración formulasen los valores y objetivos del Siglo de las Luces y del proyecto filosófico de la modernidad. La misma razón que había penetrado en las leyes de la física podía esclarecer la naturaleza de los vínculos de la sociedad y ayudar a definir las instituciones más adecuadas para que las personas desarrollasen, en libertad, sus proyectos vitales.

En ese marco de referencia, a comienzos del siglo XIX a los ojos de los comerciantes e industriales europeos y americanos el mundo se aparecía como un espacio inmenso y el medio natural no se mostraba como un factor limitante para el crecimiento económico. En su función de proveedora de recursos y receptora de desechos la naturaleza se consideraba, a efectos prácticos, casi infinita. El concepto de límite ecológico carecía de sentido. Sin embargo, tras dos siglos de intensísimo crecimiento económico y demográfico ese mundo se ha llenado y empequeñecido y, como consecuencia, de las presiones e impactos ambientales generados se han desestabilizado esenciales sistemas de soporte de la biosfera como el clima.

En el año 1968, durante el primer viaje tripulado a la Luna, el astronauta norteamericano Wiliam Anders realizó la fotografía conocida como Amanecer en la Tierra. Su impacto en el imaginario colectivo fue extraordinario. Las personas veían, por primera vez, una imagen de nuestro planeta contra el fondo de la inmensidad del cosmos. Esa imagen ha reforzado la percepción de que la humanidad comparte una casa común. Las ciencias de la vida nos han enseñado, además, que estamos interrelacionados con los procesos físicos, químicos y biológicos que tienen lugar en nuestro mundo. En el siglo XXI, la humanidad no puede comprenderse a sí misma al margen, separada o desconectada de esa realidad.

El conocimiento científico es, con sus requerimientos de objetividad y rigor, la mejor herramienta a nuestra disposición para conocer lo-que-es, la esfera de los hechos. Desde los trabajos del filósofo de la ciencia Karl Popper, se considera que la refutabilidad mediante datos empíricos es el criterio hermenéutico decisivo de toda teoría científica. La metafísica y el dogma no son refutables y, por ello, no se consideran ciencia. Pues bien, los datos empíricos recogidos y analizados de forma sistemática en las últimas décadas desde multitud de centros de investigación de todo el mundo e integrados por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, han confirmado de forma inapelable que la acumulación de emisiones derivadas de la combustión de energías fósiles desde la Revolución Industrial ha desestabilizado el clima de la Tierra.

En consecuencia, la imagen del mundo implícita en la idea de una naturaleza casi ilimitada  en la que se ha apoyado el crecimiento de la economía a lo largo de los dos últimos siglos no se sostiene. Es necesaria una nueva representación, una novus imago mundi, que aliente una reorientación espacial y temporal de nuestro estar en el mundo y cuya racionalización favorezca una actitud de responsabilidad hacia los bienes comunes como la atmósfera. Una imagen que facilite la incorporación de una serie de umbrales ecológicos en el modelo de desarrollo económico y que active nuestro sentido de la responsabilidad hacia el cuidado de la casa común.

¿Por qué estamos fracasando ante el cambio climático?

La comunidad científica comenzó a alertar sobre los graves riesgos del cambio climático hace ya treinta años. Algunas de las personas decisivas en la temprana comprensión del problema fueron los científicos norteamericanos Stephen Schneider y Jim Hansen, quienes basaron sus análisis en el excelente trabajo de campo llevado a cabo por Charles David Keeling  en la Isla de Mauna Loa. El climatólogo sueco Bert Bolin desempeñó, asimismo, un papel fundamental convenciendo a las Naciones Unidas de la creación del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), cuyos cinco informes desde 1990 han sentado las bases científicas de la comprensión del problema.

Ha transcurrido una generación y sus alertas no han sido suficientes para que los responsables políticos de la comunidad internacional hayan puesto en marcha las medidas que se necesitan para reconducir la situación. La Tierra se ha calentado 0,85 Cº desde 1880. La temperatura es ya, o está cerca de serlo, la más elevada en el actual período interglacial que comenzó hace doce milenios. Las emisiones de gases de efecto invernadero han estado correlacionadas con el incremento demográfico y el desarrollo económico impulsado por la Revolución Industrial, ya que el sistema energético que ha soportado ambos procesos se ha basado en la combustión masiva de carbón, petróleo y gas (en la actualidad representan el ochenta por cien del mix energético global). Además, existe una poderosa inercia en el sistema ya que el incremento de la población y de la renta media per capita hacen aumentar la demanda de energía, lo que en el actual modelo significa casi siempre aumentar las emisiones.

Los impactos de la alteración del clima en los sistemas humanos y naturales son ya numerosos e importantes. Nos hemos adentrado en la era de las consecuencias. El cambio climático ya ha afectado a la disponibilidad de agua dulce en numerosas regiones, en especial en el África subsahariana y en Oriente Medio, exacerbando numerosos conflictos regionales y locales; ha causado un importante incremento de eventos extremos como olas de calor (según la OMS la que asoló Europa en el verano del 2003 provocó la muerte de 35.000 personas y la de Rusia, 2010, la de 15.000), sequías, huracanes e incendios; ha originado una drástica disminución de la extensión de hielo del Ártico durante los meses de verano; ha aumentado el nivel del mar afectando la vida de millones de personas en lugares como Bangladesh; ha generado una fuerte presión adicional sobre la biodiversidad y sobre los recursos alimentarios, etcétera.

Una de las razones por la que apenas se ha progresado este tiempo en la reconducción del problema es, en mi opinión, porque el marco de referencia en el que se ha situado el debate sobre el cambio climático ha estado sesgado hacia su formulación exclusiva en términos científico-técnicos. Se ha soslayado su núcleo moral, cuando lo cierto es que el cambio climático  afecta de forma decisiva a los fundamentos de justicia y equidad de nuestras sociedades democráticas. Ha existido, al respecto, una interesada confusión entre el papel imprescindible de la ciencia para comprender la esfera de los hechos -el origen, las causas directas y la dinámica del problema- y la esfera de los significados, es decir cómo afecta la desestabilización del clima a nuestra autocomprensión como comunidad humana.

Ese sesgo en el enmarque (framing) se ha visto favorecido por el hecho de que a la reflexión sobre las consecuencias de la crisis climática apenas han acudido, hasta el momento, filósofos, sociólogas, politólogos, historiadoras, educadores, antropólogos, pensadoras del mundo de la cultura, teóricos del derecho, artistas, poetas, cineastas etcétera. Y sin ellos, no es posible construir socialmente esa reflexión de manera que adquiera un significado relevante para la mayoría de las personas de nuestra sociedad. Si la información científica (por ejemplo, los mencionados informes del IPCC) no es social y culturalmente descodificada apenas adquiere significado relevante para las personas. Y si no sienten interpelados sus valores básicos el problema permanece como mera información que se mezcla con el ruido de fondo de nuestra sociedad hiper-mediática.

La historia enseña que las transformaciones sociales que permitieron en el pasado formidables logros emancipatorios fueron posibles porque hombres y mujeres se movilizaron por valores que daban sentido a su vida. No reconduciremos colectiva y solidariamente la crisis climática si no somos capaces de explicarla en términos que permitan a millones de personas comprenderla como algo relevante para sus vidas personales y eso sólo será posible si sienten comprometidos sus valores de referencia: por ejemplo, el mundo real que heredarán sus hijas y nietos.

Lo anterior es importante porque treinta años de experiencia han demostrado que los líderes de las naciones decisivas no van a adoptar y mantener en el tiempo las importantes decisiones que se precisan para descarbonizar el sistema energético global si no se ven confrontados con una sociedad civil internacional concienciada y movilizada. Y sólo se logrará una implicación activa de millones de personas si ven interpelados los valores que guían sus vidas.

Responsabilidad hacia las generaciones venideras y las comunidades más vulnerables

La mirada reflexiva y crítica de la modernidad ha significado a lo largo de los últimos trescientos años un esfuerzo notable hacia la individuación, la autodeterminación personal, las libertades individuales y los derechos civiles, la construcción democrática de la voluntad ciudadana y los derechos humanos universales, en un anhelo por iluminar los espacios oscuros de las sociedades del pasado y poner fin a su legado de servidumbres.

Desde la perspectiva del siglo XXI es evidente que esa trayectoria ha sido todo menos lineal. El proyecto civilizatorio de la Ilustración fracasó en su cuna europea en la primera mitad del siglo XX. Dos guerras mundiales y el genocidio del judaísmo en Europa cuestionaron de raíz la creencia propia del siglo XIX en el ininterrumpido progreso moral de la humanidad. Además, los denominados filósofos de la sospecha –Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud- cuestionaron de forma penetrante las bases reflexivas y morales de la modernidad. La dialéctica de la Ilustración formulada por los precursores de la Teoría Crítica, Horkheimer y Adorno, en plena era de la barbarie nacionalsocialista se presentó, asimismo, como una enmienda casi total al proyecto ilustrado.

No se trata, en consecuencia, de defender una comprensión ingenua sobre la trayectoria moral de nuestras sociedades, ni sobre las fuerzas que mueven las decisiones de los gobiernos y los Estados. Tras las experiencias de Auschwitz y Buchenwald, Hiroshima y Nagasaki, el Gulak y la Revolución Cultural, Pol Pot, el agente naranja y los B-52 en el Sudeste asiático, los escuadrones de la muerte de Latinoamérica, el genocidio Tutsi-Hutu, las matanzas de musulmanes en Srebrenica, por citar unos pocos ejemplos del siglo XX, no hay lugar para ninguna ingenuidad. Sin embargo, aprendiendo de esos terribles descalabros de la razón nos hemos vuelto a erguir una y otra vez, hemos vuelto a posar sobre el mundo, nuestro mundo, una mirada moral porque así nos lo exige nuestra humanidad profunda. Sin ese compromiso nuestra sociedad no hubiese madurado discursivamente los valores universales en los que hoy nos reconocemos.

En la formulación de Jürgen Habermas la dimensión moral hace referencia a la resolución equitativa e imparcial de las relaciones entre las personas sobre bases o prescripciones de carácter universal. Habermas reivindica el proyecto filosófico de la Ilustración al que vincula un programa de emancipación centrado en la libertad y la justicia. Emanciparse significa, en la acepción kantiana, progresar en la autonomía personal, es decir en la capacidad para decidir por uno mismo. La actuación moral de la sociedad persigue, en consecuencia, crear las mejores condiciones posibles para que se puedan llevar a cabo los proyectos de autonomía personal.

En el horizonte plural de modelos de vida de las sociedades modernas (el politeísmo de los valores de Max Weber), la moral racional ha de abstenerse de incursionar en las cuestiones de la vida buena (ética), ya que atañen a la esfera íntima y privada de las personas. Ha de orientarse, por el contrario, hacia las cuestiones normativas que hacen referencia a la justo y equitativo, es decir a los fundamentos de la sociedad: los que definen qué derechos y obligaciones se reconocen mutuamente los miembros de la misma. Los principios establecidos en ese ámbito son, por definición, universales y se construyen en un diálogo entre personas libres en un contexto no impositivo. Debido a ello, las teorías morales contemporáneas de carácter racional se presentan como teorías de la justicia.

La crisis climática se plantea en términos morales puesto que hay elementos decisivos de justicia en juego. Las consecuencias negativas afectan a todas las sociedades. Ahora bien, las comunidades más pobres y vulnerables son las que sufren y sufrirán las consecuencias más devastadoras. Una serie de Estados-isla del Pacífico y del Caribe se verán  anegados por la subida del nivel del mar: Tuvalu, República de Kiribati, Islas Salomón, Nauru, República de Maldivas, las islas Bahamas, etcétera. Para esos países el cambio climático supone una amenaza existencial pues desaparecerán bajo las aguas debido al ascenso del nivel del mar. Asimismo, comunidades nativas como los Inuit que habitan el Ártico; o los treinta millones de personas humildes que habrán de emigrar del delta del Ganges-Brahmaputra en Bangladesh si el mar sube un metro de nivel; igualmente los cientos de millones de personas del África subsahariana que padecerán el agravamiento de sequías devastadoras y una mayor presión sobre sus ya escasos recursos. “Los niños menos privilegiados del mundo son los que más sufrirán mientras sube el nivel de los océanos, los incendios abrasan las tierras de cultivo, se propagan las enfermedades y reaparecen las hambrunas en regiones que antes eran fértiles. A estas alturas muy pocas personas pueden alegar ignorancia” (Moore y Nelson, Hacia un consenso moral mundial sobre acción ambiental, 2013).

Un incremento de la temperatura media de la atmósfera por encima de los 2 Cº respecto a la existente en los tiempos preindustriales implicará una alteración drástica de los parámetros climáticos y supondrá un desastre sin paliativos para el mundo que recibirán nuestras hijas y nietos, así como para el resto de formas de vida que comparten con nosotros la biosfera. Frente a ese horizonte amenazador nuestra generación ha de apelar a su propio sentido de la dignidad y ha de afirmar su voluntad inquebrantable de transitar hacia una sociedad perdurable.

No se trata de formular proyectos de cambio total de la economía y la sociedad. Las buenas intenciones de ingeniería social han empedrado el camino a los infiernos totalitarios del siglo XX y esa importante lección de la historia no puede quedar olvidada. El desafío que enfrentamos es, no obstante, difícil de sobrevalorar. En el plazo de unas décadas, 2015-2050, se ha de llevar cabo una profunda transformación del sistema energético que ha prevalecido desde hace dos siglos y medio. La única fuerza motriz capaz de impulsar y sostener en el tiempo esa transición es el sentido de compromiso y responsabilidad moral de millones de personas. Sólo ella permitirá superar las muy poderosas resistencias al cambio por parte de los intereses económicos y políticos que se oponen y opondrán a él.

Hacer creíble esa utopía viable precisa preservar y transmitir la memoria de los formidables logros emancipatorios que la sociedad alcanzó en el pasado, a pesar de las resistencias y obstáculos que hubo de superar en cada momento. Construir la esperanza climática pasa por recordar que durante siglos los gobiernos estuvieron en manos de unas élites minoritarias hasta que la sociedad reclamó para sí el poder de decisión política y se crearon las democracias representativas. Que el antiguo sistema colonial europeo que dominó el mundo durante 150 años colapsó cuando los pueblos sometidos decidieron ser libres. Que la desigualdad en los derechos del hombre y la mujer se consideró natural hasta que se derribaron, al menos en nuestras latitudes culturales, esos ridículos prejuicios. Pasa por recordar, asimismo, la conquista de los derechos civiles en los Estados Unidos a manos de la minoría afro-americana. El colapso de un sistema totalitario de dominación que en su día parecía granítico, el comunismo soviético. El triunfo de las democracias parlamentarias en una América Latina sometida durante décadas por dictaduras militares. El fin de un régimen de apartheid en Sudáfrica que humilló y explotó durante trescientos años a los hombres y mujeres de color. Es preciso recordar, también, las grandes conquistas sociales en Europa y la cristalización del Estado de bienestar…

Construir la esperanza de que se puede reconducir la crisis del clima implica recordar que extraordinarios logros emancipatorios han sido posibles cuando la conciencia moral de la sociedad ha dicho “basta, hasta aquí hemos llegado”. En el momento de su eliminación, la esclavitud tenía tras de sí más de dos mil quinientos años de legitimidad. A los precursores cuáqueros de aquella lucha por la dignidad humana la abolición universal de la esclavitud se les presentaba como una utopía radical. Sin embargo, activaron un proceso de cambio que no cesó hasta erradicar aquella lacra. Las fuerzas que están generando la crisis del clima no son fenómenos naturales fuera de nuestro alcance sino el resultado de decisiones políticas, económicas y energéticas. Dependen de nosotros, nuestra es la última palabra.

Para que millones de personas se sientan interpeladas y se impliquen a través de la política y las organizaciones de la sociedad civil en la reconducción del problema, la respuesta ha de abordarse desde los fundamentos de justicia y equidad en que se basan nuestras sociedades democráticas. Esa respuesta ha de conectar con el legado de la tradición filosófica y cultural de la modernidad, cuya corriente central desde Thomas Hobbes, John Locke, Jean-Jacques Rousseau, Immanuel Kant, hasta la Idea de la Justicia de Amartya Sen, pasando por Alexis Tocqueville, la Escuela de Francfort, la Teoría de la Justicia de John Rawls, o el republicanismo cívico de Hannah Arendt, ha reivindicado siempre una mirada crítica-moral sobre la sociedad y sus desafíos cruciales (Giner, Historia del pensamiento social,  2013).

El cambio climático es uno de los desafíos llamados a definir el siglo XXI. Nuestro sentido de la responsabilidad se ha de rebelar como se rebelaron los padres fundadores de nuestras sociedades democráticas contra la tiranía,  la esclavitud y el totalitarismo, como se levantaron los líderes de los derechos civiles por la igualdad de todas las personas. Ese es el legado, la tradición a la que pertenecemos, porque el cambio climático es mucho más que un problema científico-técnico, es un desafío moral que afecta de lleno a nuestra autocomprensión como comunidad universal. El mensaje es claro: no podemos permitir que nuestros hijos y nietas hereden un mundo climáticamente devastado. Los Gobiernos de las naciones tienen el deber de preservar el clima de la Tierra ya que como representantes de los intereses de la sociedad no pueden permanecer impasibles ante su deterioro irreversible.

Ese gran intelectual que fue Jorge Semprún intuyó en el tramo final de su vida que el siglo XXI iba a presentar retos y dilemas diferentes a los que recorrieron el siglo XX: “Si el siglo XX ha estado dominado por la cuestión de la transformación de la sociedad, bien podría ser que el XXI lo esté por la cuestión de la transformación de la especie” (Semprún, Pensar en Europa, 2006). El reto de armonizar un mundo que se encamina hacia los nueve mil seiscientos millones de personas a mediados de este siglo con un sistema climático cuyas costuras ya han comenzado a desgarrarse nos confronta con un desafío moral sin precedentes. Es el desafío que definirá a nuestra generación.

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