Geopolítica del cambio climático

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Este breve ensayo ha salido publicado en la revista Tiempo de Paz, en un número especial dedicado a la situación abierta tras el Acuerdo de París editado en julio de 2016.

Ninguna disposición es estática. Cualquier situación dada es temporal, se encuentra, por definición, en estado de evolución. China con sus cuatro mil años de civilización y veintitrés siglos como Estado unificado tiene una larga historia de pensamiento estratégico en el que “cada pieza del tablero” ha de leerse siempre en relación con el conjunto del mismo y con una perspectiva a largo plazo En su libro China (2012), el antiguo Secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger, explica cómo el pensamiento estratégico del Reino del Medio gira en torno al concepto “shi”. Hace referencia a “la energía potencial de una situación en proceso de desarrollo, es decir, al poder inherente en la disposición específica de los elementos y su tendencia estratégica”. Aplicada esa reflexión a la crisis del clima se trata de analizar el histórico Acuerdo de París intentando comprender las fuerzas subyacentes geopolíticas que lo han determinado y las líneas de fuerza que lo definirán en el futuro.

El cambio climático en un problema universal en sus causas y en sus consecuencias. Ahora bien, el 55 por cien de las emisiones mundiales son responsabilidad de cinco grandes emisores[1]– China, Estados Unidos, la Unión Europea, la India y Rusia-. Sus políticas energéticas y sus relaciones diplomáticas sobre el clima definirán, en gran medida, el marco de referencia en el que tendrá lugar (o fracasará) la reconducción de la crisis climática a lo largo de la primera mitad del siglo XXI. Son los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (considerando que Francia y el Reino Unido “representan” a la UE), y la India, el país que contará con la mayor población del mundo en 2030.

Si los planes presentados por los gobiernos nacionales ante las Naciones Unidas con ocasión de la cumbre del clima de París se llevan a cabo de forma satisfactoria, la trayectoria de las emisiones conocerá una importante modificación respecto a la que ha prevalecido entre 1990 y 2015. La nueva trayectoria de las emisiones conducirá a un incremento de la temperatura media de la atmósfera a finales de este siglo entre 2,7-3ºC. Estaríamos ante un escenario de relativa estabilización de las emisiones globales durante varias décadas una vez que se alcance el pico de las mismas hacia el año 2030.

Ahora bien, alcanzar el objetivo formulado por la comunidad internacional precisa no una estabilización sino la reducción drástica y continuada de las emisiones globales. La única manera de hacer viable el objetivo de limitar el incremento de la temperatura media de la atmósfera a los 1,5-2ºC es alcanzar el pico de emisiones entre 2020-2025 y, a partir de ese momento, disminuirlas de forma continuada y significativa (alrededor del 5 por cien al año) hasta mediados de este siglo. En otras palabras, precisa la descarbonización masiva de la economía mundial entre 2016 y 2050. La posición de los cinco mayores emisores será el elemento que marcará la diferencia y definirá, en gran medida, el éxito o el fracaso colectivo ante ese desafío.

China

La cumbre bilateral en Pekín entre los presidentes de China y Estados Unidos a finales de 2014 permitió desbloquear la diplomacia climática internacional tras dos décadas de desencuentros. El bloqueo entre 1994 (año en que entró en vigor la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) y 2014 ha de ser analizado y comprendido en su contexto geopolítico más amplio. Durante ese tiempo, la posición de China hacia el uso de las energías fósiles y, en consecuencia, hacia el cambio climático formaba parte de una estrategia global en la que sus prioridades eran el desarrollo económico, la eliminación de la pobreza, la estabilidad social, la consolidación de su posición internacional y la conservación de la legitimidad del partido único. En ese marco de referencia, su posición hacia el cambio climático en la arena internacional pivotaba sobre el concepto “ganar tiempo”, evitar que las consideraciones climáticas se interpusieran en su despegue económico-industrial basado en un modelo energético centrado en el uso del carbón.

El cambio vino motivado por cinco factores. En primer lugar, desde que Deng Xiaoping impulsara en 1979 la reorientación radical del modelo económico, China conoció a lo largo de tres décadas y media un crecimiento económico formidable, con un incremento medio anual del producto interior bruto del 10 por cien. La consecuencia social más relevante fue que 300 millones de personas salieron de la pobreza extrema. En otras palabras, el gran salto adelante ya se había producido.

En segundo lugar, la grave contaminación del aire en sus ciudades como consecuencia del uso masivo de carbón se estaba traduciendo en un creciente malestar social, en especial entre las emergentes clases medias urbanas. Como resultado de esa situación la futura estabilidad social, máxima preocupación de la élite política del Partido Comunista Chino, podría verse comprometida.

En tercer lugar, la comunidad científica china había confirmado con estudios propios que la alteración del clima ya estaba suponiendo problemas ambientales y económicos importantes para el país y que los impactos en el futuro podrían resultar devastadores.

En cuarto lugar, China se veía desde hacía medio siglo como el líder político natural de los países en vías desarrollo. Una posición de desinterés hacia la crisis del clima, en un momento en que la conciencia de su gravedad comenzaba a ser relevante y universal, le hubiese acarreado una notable pérdida de prestigio internacional, en detrimento del concepto estratégico “proyectar el sueño chino”, formulado por el presidente Xi Jinping.

Finalmente, en el segundo mandato de Obama la diplomacia norteamericana había situado el cambio climático en un lugar prioritario de la agenda internacional. Si las dos naciones encontraban, mediante la diplomacia del carbono, una salida al bloqueo político sobre el tema, podrían situar ese movimiento en el marco más amplio de unas relaciones constructivas entre ambas potencias, uno de los elementos cruciales de la geopolítica del siglo XXI y al que China otorga la máxima importancia.

En ese contexto, en el año 2012 el Partido Comunista Chino formuló en su estrategia nacional de desarrollo el desiderátum de “construir una civilización ecológica” y lo incorporó a la constitución del país. El gran dragón se orientaba finalmente hacia la ecología. La importancia de esa formulación se hace evidente al recordar que, incluyendo los cambios en los usos del suelo y los bosques, China generó aquel año el 23 por cien de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero[2].

China se ha planteado los siguientes objetivos para 2020:

  • Reducir la intensidad de carbono de la economía el 40-45 por cien respecto a 2005.
  • Lograr que las energías no fósiles supongan el 15 por cien del mix energético, comparado con el 12 por cien actual (2016). Por su parte, el plan nacional presentado a las Naciones Unidas ante la cumbre del clima de París recoge los siguientes objetivos para el año 2030:
  •  Alcanzar el máximo absoluto de emisiones de gases de efecto invernadero para ese año y si es posible antes.
  • Conseguir que el 20 por cien del mix energético provenga de las energías no fósiles.
  • Reducir el 60-65 por cien la intensidad de carbono de la economía comparada con la del año 2005.
  • Incrementar el stock de la masa forestal en 4.500 millones de metros cúbicos, comparado con el año 2005. Entre las políticas adoptadas para hacer realidad esos objetivos destacan, por un lado, el Programa nacional de compra-venta de permisos de emisión, similar al de la Unión Europea, y que será a partir del año 2017 el mayor del mundo en su género. Por otro, las masivas inversiones en energías renovables que alcanzaron los US$ 110.000 millones en 2015[3].

A medio plazo, 2030, China presenta una actitud creíble de cara a su transición energética hacia una economía progresivamente descarbonizada. Semanas antes del comunicado conjunto sobre las respectivas estrategias climáticas entre los presidentes Xi Jinping y Obama, China había hecho pública su decisión de alcanzar en 2020 el pico de su consumo de carbón[4]. Esa declaración implicaba que el plan energético que hará posible situar el máximo de sus emisiones para el año 2030 estaba plenamente perfilado. De hecho, el gobierno de China considera que hay margen de maniobra para lograr que su pico de emisiones se produzca antes de esa fecha. A la vista del descenso que ha conocido el uso del carbón en 2015[5], estimaciones recientes de centros de investigación occidentales consideran que podría alcanzarlo como tarde en 2025.

Desde una perspectiva geopolítica más amplia, previsiblemente el siglo XXI está llamado a conocer el ascenso pacífico de China como potencia mundial. Tras el paréntesis de un siglo en el que Todo Bajo el Cielo perdió su centralidad como resultado de la dominación colonial, el colapso de la dinastía imperial, la devastadora guerra con Japón y la larga guerra civil, China se dispone a regresar en la primera mitad del siglo XXI al lugar de referencia que ha desempeñado desde que se constituyó como Estado unificado hace veintitrés siglos. En unos pocos años su economía habrá sobrepasado en magnitud a la de los Estados Unidos. Los responsables políticos del PCCh continuarán volcados en la eliminación de las grandes bolsas de pobreza que perviven en las inmensas zonas agrícolas del interior y, de esa manera, buscarán fortalecer la legitimidad del actual sistema político.

Hay razones históricas, culturales y geopolíticas para considerar que los estadistas chinos mantendrán una actitud responsable hacia el cumplimiento de los compromisos nacionales sobre el cambio climático. Son conscientes de que la posición de su país es crucial para lograr que el cambio climático no traspase los umbrales de seguridad identificados por la comunidad científica. Si el cambio climático se descontrola destruirá importantes elementos del capital natural de su nación, obstaculizará gravemente su desarrollo económico y generará una profunda desestabilización internacional que acabará afectando de forma negativa a sus expectativas globales.

Estados Unidos

El acuerdo entre China y Estados Unidos fue posible porque, previamente, se había instalado en Washington la convicción de que el cambio climático supone una amenaza a su seguridad nacional. Entre los antecedentes de esa definición del problema figuran dos informes aparecidos en el año 2007 por parte de influyentes centros de pensamiento. El primero, elaborado por la CNA Corporation, se denominaba National Security and the Threat of Climate Change[6]. En su elaboración participó un grupo de almirantes y generales de tres y cuatro estrellas que, si bien estaban formalmente retirados, conservaban un gran prestigio en la institución militar. El Segundo, The Age of Consequences: The Foreign Policy and National Security Implications of Global Climate[7]. Años después, en 2012, Michael McElroy de la Universidad de Harvard y James Baker, antiguo director de la National Oceanic and Atmospheric Administration, presentaron a solicitud de la CIA el estudio denominado Climate Extremes: Recent Trends with Implications for National Security[8] En 2014 se publicó el segundo informe de la CNA Corporation con el significativo título National Security and the Accelerating Risk of Climate Change[9] en el que, de nuevo, un importante grupo de altos oficiales retirados aportaba su visión y experiencia ante el problema.

Tras el inicio del segundo mandato de Obama en 2013, el cambio climático se había situado en un lugar destacado de la agenda de su gobierno y el tema de la seguridad nacional había sido uno de los mensajes que lo habían vertebrado. Así, en febrero de 2014, el Secretario de Estado, John Kerry, calificó en Indonesia al cambio climático como “el arma de destrucción masiva más peligrosa del mundo”. El propio Obama había afirmado que el mayor problema que presenta el cambio climático para los Estados Unidos es un “problema de seguridad nacional” derivado del posible colapso de Estados enteros que no podrán gestionar los numerosos y graves impactos producidos y multiplicados por la alteración del clima. La plasmación oficial de la importancia que Estados Unidos otorgaba a las implicaciones de la alteración del clima en su seguridad nacional había quedado recogida en la revisión cuatrienal del documento de planificación estratégica llevada a cabo en 2010 y 2014[10] por el Departamento de Defensa, así como en la Estrategia Nacional de Seguridad aprobada ese año.

El plan presentado por el gobierno de los Estados Unidos a las Naciones Unidas con ocasión de la cumbre del clima de París, se propone reducir las emisiones en un 26-28 por cien en el año 2025 respecto a las de 2005. El 60 por cien de esas reducciones vendrá del Plan de Acción sobre el Clima en el que se abordan los principales sectores emisores – generación eléctrica, transporte y edificios-. El mencionado objetivo implica una ritmo de descarbonización anual del 4.3 por cien, lo que supone casi duplicar el ritmo de descarbonización que ha seguido la economía norteamericana entre 2000 y 2015, el 2,6%. El Clean Power Plan es el instrumento de política climática más importante dentro del Plan de Acción sobre el Clima. El CPP se centra en la reducción de las emisiones en las plantas de generación eléctrica. Requiere de los 50 Estados Federales que presenten sus respectivos programas para reducir las emisiones provenientes de las plantas de generación.

En el horizonte 2030, el proceso político de los Estados Unidos presenta incertidumbres que podrían condicionar de forma negativa la consolidación y el avance del Acuerdo de París. Por difícil que resulte de creer, el partido de Abraham Lincoln, el Partido Republicano, continúa instalado en una posición enfrentada al consenso de la ciencia del clima y de la comunidad internacional. En la medida en que las posiciones negacionistas reciban un apoyo importante del electorado y los representantes políticos adscritos a esa posición puedan dominar las instituciones legislativas y el Gobierno federal, el apoyo de Estados Unidos al mencionado Acuerdo será incierto y frágil. A medio plazo, las resistencias económicas y políticas en ese país para una transición energética que vaya dejando atrás los combustibles fósiles (utilizando el gas como vector de transición) van a ser formidables. Mientras que en el caso de China hay razones de peso para considerar que su trayectoria energética-climática hasta 2030 va a ser clara y sostenida, en el caso de los Estados Unidos las incertidumbres derivadas del proceso político son importantes. No se pueden descartar, incluso, retrocesos debidos a decisiones judiciales dado que buena parte de las políticas climáticas impulsadas por la administración de Obama han sido llevadas a los tribunales por el Partido Republicano.

No obstante, a más largo plazo, si Europa y China se mantienen firmes en su compromiso y orientación estratégica hacia la descarbonización progresiva de la economía, el escenario más probable es el que contempla a los Estados Unidos co-liderando la gran transformación de la energía que precisa la crisis del clima. Una vez vayan quedando atrás las resistencias políticas y económicas relacionadas con la perpetuación del modelo basado en las energías fósiles y éste quede asociado en la conciencia de la sociedad norteamericana al “viejo siglo XX”, el carácter emprendedor de la nación y su proverbial autoconfianza y orientación pragmática (lets`s do it) le situarán al frente de uno de las transformaciones llamadas a definir el siglo XXI.

 India

Desde la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992, la posición de India sobre el cambio climático ha pivotado sobre el concepto de “no es nuestra responsabilidad, que lo arreglen los países ricos”. Habiendo crecido su economía de forma muy notable desde los comienzos del siglo XXI[11], India otorga una prioridad absoluta a la continuación de su desarrollo económico de manera que le permita aliviar sus grandes bolsas de pobreza. En el camino buscará afirmarse como potencia global emergente apoyada en el peso de su demografía[12].

El plan presentado a las NN.UU con vistas a la cumbre del clima de París plantea reducir la intensidad de carbono de la economía, no así las emisiones de gases de efecto invernadero. El objetivo es reducir la intensidad en un 33-35 por cien en el año 2030 respecto al nivel de 2005. Además, aspira a ampliar la presencia de las energías renovables en el mix energético hasta alcanzar un 40 por cien en el año 2030 en la generación eléctrica (energías no fósiles, incluyendo la nuclear).

Las actuales emisiones de gases de efecto invernadero de la India equivalen a las de China hace 25 años. Mientras que las emisiones per cápita chinas ya se han igualado a las de la Unión Europea, las de la India son la tercera parte de las europeas y la sexta parte de las de Estados Unidos. Cuenta, además, con importantes reservas de carbón y cientos de millones de personas pobres sin acceso a la electricidad. En consecuencia, la tentación de reproducir el modelo de China de los últimos 20 años basado en el uso masivo de carbón para generar energía eléctrica, va a ser incesante y poderosa[13]. No es casualidad que, tras presentarse las conclusiones de la cumbre del clima de París, altos oficiales del departamento de industria reafirmasen la voluntad de su país de mantener sus planes energéticos basados en el carbón.

A corto y medio plazo, el escenario definido por el uso masivo de carbón para la generación de energía eléctrica en India es la principal amenaza para alcanzar el objetivo aprobado en París. Una de las cuestiones estratégicas más importantes sobre el futuro del Acuerdo es entender la importancia de este problema y actuar en consecuencia. Si un país que se encamina hacia los 1500 millones de personas sitúa en el centro de su modelo energético el consumo masivo de carbón, la crisis del clima se adentrará en un atolladero sin salida y el umbral de seguridad de los 1.5-2ºC se nos irá de las manos. En consecuencia, la Unión Europea, los Estados Unidos y los países de la OCDE, con la plena implicación de instituciones internacionales de referencia como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, habrían de impulsar los oportunos programas de colaboración económica, financiera y tecnológica que permitan evitar ese escenario. La experiencia de China enseña de forma inapelable que si un gigante demográfico basa su desarrollo energético en el consumo masivo de carbón, los esfuerzos de mitigación de emisiones del resto de países quedan en gran medida “anulados”. Entre 1990 y 2012 las emisiones anuales globales se incrementaron el 40 por cien, una cantidad superior a la que preveían los modelos de emisiones más pesimistas elaborados en los años noventa. Y la causa principal fue el consumo masivo de carbón en China.

 Rusia

La actual posición de Moscú ante el cambio climático ha evolucionado desde el escepticismo y la ironía de hace una década a una educada indiferencia. Todavía hace pocos años, los estadistas rusos consideraban factible que su país resultase favorecido por el cambio climático. Consideraban que las gigantescas estepas siberianas, heladas buena parte del año, podrían no sólo volverse más transitables, sino que como consecuencia del incremento de la temperatura su país acabaría incorporando grandes extensiones de tierra a la actividad agrícola. Sin embargo, la ola de calor extremo que azotó a la capital y a buena parte de Rusia en el verano de 2010 puso fin a aquella ilusión. Responsables meteorológicos rusos afirmaron que fue la peor ola de calor de los últimos mil años. Como resultado de aquel evento climático extremo fallecieron 15.000 personas, se generaron centenares de incendios salvajes, diversas bases de misiles nucleares fueron provisionalmente desplazadas y se asistió al colapso de buena parte de la cosecha anual de cereales (Rusia es uno de los graneros del mundo).

Meses antes de la cumbre del clima de París, el Ministro de Recursos Naturales y Medio Ambiente de Rusia, Sergey Donskoy, afirmaba que los impactos de la alteración del clima podrían suponer un 1-2 por cien del PIB anual en 2030. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que el país eslavo es el primer exportador mundial de gas. Una transición energética que vaya dejando atrás el carbón y favorezca al gas como vector de transición podría verse con ojos favorables desde Moscú. En su plan nacional ante las Naciones Unidas, Rusia ha presentado el objetivo de disminuir el 30 por cien las emisiones en el año 2030 respecto al año 1990. Según cálculos realizados por Carbon Tracker Initiative si en ese objetivo se incluye la absorción de carbono por parte de las grandes masas forestales del país (taiga), la disminución de las emisiones en 2030 quedaría en el 6-11 por cien respecto a 1990. Supondría de hecho un incremento del 30 por cien respecto a las emisiones del año 2012[14]. En consecuencia, no cabe esperar que Rusia actúe a medio plazo como un actor seriamente comprometido en la reconducción del cambio climático. Dejará que sean otros quienes realicen el esfuerzo y buscará, una vez más, cabalgar gratis por las estepas como ya lo hiciera en los acuerdos del Protocolo de Kioto.

Europa

La Unión Europea ha mantenido su posición de compromiso y liderazgo a lo largo de las dos décadas antes mencionadas mientras que el resto de grandes emisores se desentendía y miraba hacia otro lado. Y es que Europa ha hecho de la lucha contra el cambio climático un elemento central de su política internacional. La posición de la Unión Europea ha pivotado sobre dos ejes: hacia dentro, presentar resultados reales de mitigación, liderar desde el ejemplo. Hacia el exterior, atraer a una posición de responsabilidad a los Estados Unidos y a China, sin quienes es imposible reconducir la crisis del clima. Su visión, trayectoria y resultados desde la aprobación en 1992 de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, han estado a la altura del desafío. Si bien han existido errores y contradicciones importantes (sobre todo en el diseño y aplicación de la política de compra venta de permisos de emisión), la trayectoria general presenta un balance positivo. Al finalizar 2014, las emisiones de la UE-28 fueron un 23 por cien menores que las del año de referencia, 1990, mientras que la economía había crecido en ese tiempo un 46 por cien en términos reales. A diferencia de la experiencia de los Estados Unidos, la existencia de un amplio consenso en torno a los mensajes de la comunidad científica entre las principales fuerzas políticas, la sociedad civil y una parte importante de la clase empresarial y del tejido industrial se ha mostrado decisiva.

Ante la cumbre del clima de París, el Consejo de Europa, en su reunión de otoño de 2014, aprobó los siguientes objetivos. Reducir las emisiones un 40 por cien para el año 2030 respecto a 1990 (con las políticas actuales se estima que en el año 2020 la reducción de emisiones ya habrá superado el 25 por cien respecto a 1990). Incrementar la presencia de las renovables en el mix energético hasta situarlas (como mínimo) en el 27 por cien, desde el 15 por cien actual. Finalmente, disminuir el consumo de energía el 27 cien en relación a la tendencia a través de la eficiencia.[15].

Desde una perspectiva más amplia, la Unión Europea habría de continuar en su papel de liderazgo en la reconducción del cambio climático. Considerada de forma agregada, la Unión Europea con sus 510 millones de habitantes (antes de la salida del Reino Unido) es la mayor economía del mundo, así como una potencia comercial, tecnológica y civilizatoria de primer nivel. Ha sido el único entre los grandes emisores que no sólo ha comprendido desde el primer momento la importancia de la alteración del clima sino que ha actuado en consecuencia. Y es que el cambio climático no es un problema más de los muchos que enfrenta la humanidad. Tal y como lo ha expresado Obama en su reciente entrevista en profundidad con el periodista especializado en política exterior, Jeffrey Goldberg, si no es reconducido el cambio climático “representará una amenaza existencial para el mundo” (Atlantic, abril, 2016[16]). Europa tiene el conocimiento, la economía, la tecnología, y el poder suave de sus valores universales para liderar, junto a China y Estados Unidos, la respuesta al desafío llamado a definir el siglo XXI.

[1] Según la base de datos oficial europea los cinco mayores emisores en 2012 (último año disponible) fueron los siguientes: China, 23%; Estados Unidos, 12%; Unión Europea, 9%; la India, 6%; Rusia, 5%.

[2] China consume tanto carbón como el resto del mundo junto. El 85 por cien de su sistema de generación eléctrica se basa en dicho combustible.

[3] La generación de energía eléctrica procedente de fuentes no fósiles – hidráulica, viento, solar y nuclear- creció ese año el 20%.

[4] La intención de las autoridades chinas es situar dicho consumo en un máximo de 4200 millones de toneladas anuales, aproximadamente un 16 por cien más que la cantidad de carbón utilizada en 2013. El consumo total de energía primaria en 2020 será, según esa planificación, de 4800 millones de toneladas equivalentes de carbón.

[5] Tras dos décadas de incremento, las emisiones en el año 2015 han descendido el 3-4 por cien respecto al año anterior,como consecuencia de un menor consumo de carbón

[6] https://www.cna.org/reports/climate

[7] http://csis.org/files/media/csis/pubs/071105_ageofconsequences.pdf

[8] http://environment.harvard.edu/sites/default/files/climate_extremes_report_2012-12-04.pdf

[9] https://www.cna.org/cna_files/pdf/MAB_5-8-14.pdf

[10] http://www.defense.gov/pubs/2014_Quadrennial_Defense_Review.pdf

[11] Su consumo energético se ha más que duplicado en entre el año 2000 y el 2014.

[12] Se estima que India será en el año 2030 el país más poblado del mundo con una población de 1.500 millones de personas.

[13] Su mix se desglosa en la actualidad en: carbón, 56% ; petróleo, 28%; gas, 7%; renovables, 7%; nuclear, 1%.

[14] Según las estimaciones de Carbon Tracker Initiative, Rusia espera incrementar las emisiones hasta las 3.000-3.200 millones de toneladas de CO2 equivalente en el año 2030 (excluyendo LULUCF), desde los 2.800 mtCO2 eq. del año 2012.

[15] Los sectores no incluidos en la EU ETS han de disminuir sus emisiones en un 30% en el año 2030, respecto a los niveles de 2005. Las recientes reformas del sistema de compra venta de permisos de emisión, EU ETS, van dirigidos a incrementar el precio de la tonelada de CO2 desde los 8 euros actuales a los 29 euros en 2020

[16] http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2016/04/the-obama-doctrine/471525/

 

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Un pensamiento en “Geopolítica del cambio climático

  1. Antxón, Muy interesante y claro de entender, hasta para los no expertos. Gracias! Fran

    > J. Francisco García de la Banda > > >

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