Europa constitucional, Europa de valores (El País)

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Publicado en el diario El País el 28 de noviembre, 2004.

Cuando las tropas rusas del Ejército Rojo ocuparon Berlín en 1945, Europa entera yacía exhausta y desangrada, estupefacta y arruinada. Los europeos contemplaban atónitos lo que no era sino la última masacre de una historia terrible de mil años de guerras y disputas por el poder, la riqueza y el territorio entre unos Estados-nación cuya razón de ser se había formulado a lo largo de los siglos por oposición al otro, por enemistad con el otro. Así, sólo en la primera mitad del siglo XX, Europa contabilizaba decenas de millones de muertos en dos Guerras Mundiales libradas en buena medida en su propio territorio. Aquella Europa donde el espíritu humano había alcanzado las cumbres cívicas, humanísticas y artísticas del Renacimiento y la Ilustración, en la que habían surgido figuras de alcance universal en la literatura, la música, la poesía, el arte y la filosofía, espacio matriz de un espíritu científico que habría de moldear el futuro de la humanidad, territorio cuya inventiva e inquietud había puesto en marcha una revolución industrial y tecnológica de alcance universal, aquella Europa no podía, no debía permitirse nuevamente otra hecatombe de su civilización.

Tras la magna escenificación del horror que suponían dos Guerras Mundiales en apenas treinta años, las mentes y los corazones de las personas más visionarias de la época se conjuraron para que semejante tragedia no volviese a ocurrir nunca más. Europa, tras descender a los infiernos de Dante, regresó de la mano de Beatriz con un sueño. Sobre el humus fértil de muchos siglos de civilización compartida, se trataba de entrelazar de manera positiva los intereses de los Estados-nación históricamente antagónicos, creando los cimientos de una Europa unida en la que las inevitables disputas y antagonismos se resolviesen siempre en la mesa de negociaciones y no en los campos de batalla. El sueño de una Europa unida surgió del despertar de una espantosa pesadilla. Muy posiblemente, ahí resida su fuerza última.

Por ello, se equivocan quienes creen que la urdimbre del proyecto europeo está hecha de cuentas de resultados y supresión de barreras aduaneras, quienes piensan que la Unión es poco más que un paraguas institucional al servicio del capital multinacional, de las élites económicas o de Estados como Alemania y Francia. En su sentido más profundo, en lo que realmente tiene de apuesta histórica y de contribución radical a un nuevo estilo de gobernabilidad que puede servir a toda la humanidad en este momento de su historia, la Unión Europea es un espacio transnacional basado en valores universales y en intereses comunes, que hace de la defensa y desarrollo de los mismos su razón íntima y definitiva de ser.

La Europa constitucional en la que nos reconocemos 455 millones de personas es la de la dignidad humana, la libertad, la democracia, la paz, la solidaridad, la igualdad de género, el desarrollo sostenible, el escrupuloso respeto a las Naciones Unidas, la integración social, la protección de los desamparados y los niños, la que lucha contra la pobreza en los países en desarrollo, la que prohíbe absolutamente las torturas, la que reconoce, protege y alienta la diversidad de personas y culturas. Una Europa libre y democrática en la que queda prohibida la pena de muerte, sin excepciones.

Puedes leer el artículo completo aquí

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